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La maldición de Ireneo Funes

By 4 noviembre, 2010

Quienes padecemos ciertas molestias ante comentarios antiK o incluso descubrimos alguna tolerancia al peronismo solemos pasar gran parte de nuestro tiempo discutiendo. Somos los Testigos de Jehová de la política y discutimos con todos. Con otros que como nosotros padecen las mismas molestias pero en un grado menor (lo que nos parece demasiado conciliador e insoportable), discutimos con republicanos perezosos, a pura pérdida y también con amigos radicales.

En este último caso, por lo general tenemos que atravesar un frondoso bosque de referencias históricas al peronismo, de calamidades plagadas de Lopez Regas, grupos armados, sindicalistas asesinados o asesinos. Estaríamos, como Funes el Memorioso, condenados a no olvidar.

Y pensar es justamente, como señaló el famoso Inspector de mercados de aves de corral, olvidar diferencias, es generalizar, abstraer.

Nuestros amigos radicales, además de padecer nuestra soberbia de iluminados, suelen sentir la injusticia de tener que hacerse cargo de De la Rúa y la hiper mientras nosotros persistimos en no asumir a Ruckauf, a Lopez Rega o a la triple A. Somos para ellos, retomando la gran imagen del compañero Néstor, paracaidistas húngaros.

Por eso quisiera aclarar que, además de energúmenos ultrakirchneristas, somos pragmáticos. No nos interesan los gobiernos de Kirchner en Santa Cruz, tampoco lo que hizo durante los ´70. Lo aplaudimos por lo que hizo en estos años como hubiéramos aplaudido a Lopez Murphy si por alguna extraña broma del destino hubiera llegado a presidente y hubiera cambiado la Corte, retomado los juicios por DDHH, mandado a la basura su propio proyecto de unificar Defensa con Seguridad Interior, implementado la AUH, puesto fin a las AFJP, armado la UNASUR, negociado la deuda a cara de perro y apoyado el matrimonio gay. Incluso lo hubiéramos aplaudido si implementaba la mitad de esta lista.

Y estaríamos hoy defendiendo su gestión frente a todos aquellos que nos hablaría de su plan incendiario como ministro de economía de la Alianza, de su siniestro paso por el ministerio de Defensa, del radicalismo en su conjunto, de su apoyo a la convertibilidad o de las siniestras maniobras de Balbín.

Defiendo a Kirchner como defendí al Alfonsín de los juicios frente a la sorna de mis amigos de la Fede que me hablaban de Nicaragua y del Unicornio que no aparecía o la de mis amigos peronistas que puteaban a Balbín. Unos y otros no proponían una mejor opción de juicio, sino exactamente lo contrario y la verdad es que Balbín me importaba medio cacahuate.

El drama del radicalismo, hoy, es el radicalismo de hoy, no la Alianza, no la hiper. Desacoplémoslo de su pasado y disfrutemos todos de la prerrogativa del paracaidista húngaro. Nacimos hace 7 años, unos y otros.

Y hablemos de estos años.

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