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Cuando el mejor pierde

By 28 junio, 2016

Para pasar el mal trago, me quedé jugando anoche con una comparación entre la derrota terrible de la selección argentina que nos duele a todos y aquella otra derrota que nos duele a la mitad menos uno.

¿Qué ocurriría ante este final de torneo si le aplicásemos la lógica indignada de los antiK?

La Nación nos explicaría que la Argentina decente festeja el duro fin de una era.

Mis vecinos de café me explicarían que Messi perdió por evasor. Y exigirían, junto a otros indignados de café, que devolviera todo lo que robó y que nunca más jugara al fútbol. “Pero toda, TODA, no sólo la que le pescaron” aclararían.

Alfredo Leuco suscribiría contándonos que los países serios no ponen a delincuentes en sus equipos y por eso ganan.

“Era claro que Messi no quería ganar. Apostó a perder”, escribirían los periodistas independientes, no todos del diario El Mercurio.

Esperaríamos todos una sincera y profunda autocrítica de parte de todo el equipo, del DT, y de la AFA. Una sofisticada y larga tesis que nos explicara por qué se perdió por ese penal después de empatar los 4 tiempos. Explicación que para ser sincera debería incluir confesiones de crímenes espantosos, delitos, malas voluntades y alguna calamidad mayor.

Todos coincidiríamos que las explicaciones dadas no son las verdaderas, porque de hecho sabríamos las verdaderas. Aunque no encontraríamos dos iguales entre los muchos coincidentes.

“Es el síndrome de Hubris que aparece entre quienes han ganado demasiados premios”, predicaría el teledoctor Castro hablándole a la mamá de Messi.

“Aposté por Chile porqué era obviamente un equipo mejor y la Argentina uno lamentable”, fanfarronearía Melconian.
“Pero si arreglan las cosas, la próxima apuesto por ustedes” nos prometería.

“Perdimos por fauleros. La falta de ética en el juego nos costó un jugador y varias amarillas. Tenemos que pensar en un fútbol distinto, sin violencia, sin cabida para fauleros agresivos”, nos explicaría Stolbizer, mientras acompañaría a los chilenos a dar su vuelta olímpica.

La embajada de Chile agasajaría a Massa, Macri, Urtubey y a varios prohombres argentinos más que apoyaron siempre el buen deporte, desde la tribuna chilena.
Como bien nos diría Mauricio, “Huevón, si estos caballeros ganaron, es que juegan más honestamente, en serio, con dialogo y todo eso”.

La veríamos a Pato Bullrich corriendo con cortos y botines asegurándonos que no se detendrán hasta no cerrar todos los clubes que los han amparado. “Lanzamos una campaña contra la violencia y la evasión, comenzando por los titulares de la selección” diría.
“Y para no ser visto como discrecional, incluiremos a los suplentes de la selección y su plantel técnico”, agregaría.

“Es el fin de Messi y de todos sus seguidores”, concluirían los analistas serios e independientes.
“Messi debería renunciar al fútbol, dar un paso al costado”. “Un partido así no se pierde sin sabotaje. Cárcel para el DT y el resto del plantel, hasta que confiesen el inocultable dolo”, vociferarían en sus programas de clara posición neutral.

Al grito de “cambiemos todo” algunos sugerirían llamar Cambiemos a la nueva selección. “Una selección abierta al dialogo, no cerrada a un país determinado”, nos diría Michetti.

Mientras Sabsay pediría el titulo de Messi para alguna cosa y Gil Lavedra el antidopping (porque sólo los drogados pierden un penal así), escucharíamos sobrios abogados que nos explicarían que esto pasa por la falta de alternancia.
Es innegable que si los jugadores no pudiesen jugar más de 4 años en la selección, Messi no habría perdido ese penal.

Julio Bárbaro nos recordaría, desde un estudio de TN ambientado en arco, que después de jugar con Perón, la selección se transformó en una bolsa de gatos donde cada uno sólo busca permanecer. “Ya no les importa el juego, ni la selección”.

“Si Messi renuncia es por cobardía. Abandona a sus compañeros en el peor momento”, nos explicarían los mismos periodistas serios que vaticinaban su renuncia, luego la pedían y finalmente la criticarían.

Bonelli diría que con el viento de cola que tuvieron, cualquier equipo habría llegado a la final. Pero que perdieron por incompetentes, saboteadores, por no saber dialogar con el equipo contrario, ni encontrar un final mutuamente conveniente.

Descubriríamos los millones de personas que asegurarían, ya decir desde el 2009, que Messi era un pecho frío y que perderíamos por sus errores.

El equipo chileno en pleno, junto a un panel de periodistas serios también chileno, pedirían pasar en prime time todos los fouls de argentina que el arbitro no cobró. Aparecería el índice FNC, de fouls no cobrados, medido por una ONG chilena y seria (valga la redundancia) que la Argentina encabezaría junto a Venezuela y Cuba.

Le quedaría claro al mundo, según aquellos que hablan por el mundo, que este equipo argentino fue esencialmente violento y evasor, y que por eso mismo perdió.

Algún editorial se animaría a un análisis psicológico del fútbol: “Messi dejó de escuchar a la pelota, comenzó a pensar más en la plata que en el juego, más en ganar el partido que en simplemente prestigiar este juego centenario. Lo que ocurrió es que la pelota le dijo BASTA”.

Varios jugadores renunciarían a la selección, diciendo que ellos no cometen foul ni pierden penales. Aclarando que siguen apoyando a la selección y que le reconocen méritos a Messi. Pero hasta que este no confiese que es un inútil ante una pelota, prefieren armar una selección “en busca de país”.

Rosendo Fraga prepararía una buena lista de cosas que la Argentina debería hacer con su fútbol para volver a ganar. La primera sería darle los derechos exclusivos de televisación a Clarín. La segunda sería canalizar la pasión futbolística de nuestros jóvenes hacia el servicio militar obligatorio. “Si pretendemos ganarle a Chile será con la remera verde oliva, no con la celeste y blanca” diría, rememorando viejos consejos.

El burrito Ortega sería denostado por ultra Messista al salir a negar lo obvio, que Messi es un pecho frío.

Los K ya sabíamos lo que se siente perder teniendo al mejor, en nuestro caso a la mejor. Teniendo un gran equipo en nada inferior al que nos gana.
Ya conocíamos lo que es perder por poco y por ese poco bancarse las consecuencias que las reglas del juego imponen a quien pierde. Consecuencias que no se detienen en ver si se pierde por poco o mucho.
Los K ya vivimos el desbande que produce perder, los que se alejan de quien pierde un penal sin importar los que acertó. Las críticas que florecen basadas en errar una vez, en medio de una larga lista de aciertos. La soberbia de llamar “derrota” a perder reñido. El gozo de todos quienes nos detestaron por los partidos que ganamos, al exagerar el valor de esta victoria y el significado de este partido perdido.

Aún así, anoche, los K como el resto, tuvimos que volverlo a sentir.

Como consuelo, los simpatizantes de la celeste y blanca no vamos a tener que padecer (por esto al menos) el escarnio, ni el intento de instalar en nosotros la idea que perdimos por ser esencialmente unos perdedores, por merecerlo, por ser moralmente peores, humanamente inferiores.

Esta vez sólo lamentaremos haber perdido. Con todas las consecuencias que eso implica, pero ni una más.

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