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Periodismo de ocupación

By 8 octubre, 2016

Columna publicada en Nueva Ciudad.

La primera vez que escuché hablar de un comando iraní relacionado con la muerte del fiscal Nisman fue a través de una de las tantas denuncias efectuadas por la Mentalista Carrió. En la misma señalaba: “Según información que intenté constatar por diferentes medios (SIC), existieron reuniones entre diplomáticos sirios y/o iraníes, que viajaron en los días de la muerte del fiscal Nisman en la empresa Buquebus, pudiendo los mismos ser agentes de inteligencia de esos países” y concluyendo que no se podía descartar que “hayan participado de la muerte violenta del fiscal Nisman”.

Poco tiempo después, Eduardo van der Kooy escribió en Clarín: “En ámbitos de inteligencia, policiales y diplomáticos otra especulación parece tomar cuerpo. ¿Cuál sería? La de que un comando venezolano-iraní (con adiestramiento cubano) podría haberse cobrado la vida del fiscal.” Al comando iraní inicial se le había sumado una componente venezolana y un imprescindible adiestramiento cubano. No descartamos la utilización de armas norcoreanas aportadas por terroristas libios entrenados por las FARC, aunque el célebre columnista no lo mencione.

Como señala Raúl Kollmann, “la fiscal Fein (a cargo de la investigación de la muerte de Nisman) pidió todas las listas de pasajeros de aquel fin de semana y no aparece ni uno solo originario de Irán o de otros países de Medio Oriente”. Por otro lado: “nadie vio entrar o salir a nadie del edificio, no aparece ninguna persona entrando al departamento ni entrando ni saliendo del baño en el que se produjo la muerte. La junta médica de 17 forenses sostuvo que no hay evidencia de homicidio y la junta de criminalistas fue aún más contundente: sostuvo que no había ninguna otra persona en el baño en el momento de la muerte.”

Un año después de haber declarado que no sabía nada sobre la muerte de Nisman, con quién trabajó de manera estrecha durante años (y a quién no le contestó los llamados el fin de semana de su muerte), el ex espía Jaime Stiuso tuvo una sospecha súbita, una especie de satori, que lo llevó a reflotar al comando venezolano-iraní. Como la Mentalista Carrió, tampoco creyó necesario acompañar sus dichos con alguna prueba. “No aportó nada relevante ni decisivo a la causa”, concluyó luego la jueza Fabiana Palmaghini.

Siete meses después de esas declaraciones, los editores de Clarín decidieron dedicarles sorpresivamente la tapa del diario. Al comando venezolano-iraní con formación cubana se sumaron misteriosos “espías K”, el general César Milani, Fernando Esteche, Luis D´Elía, el ex agregado cultural de la embajada iraní y por supuesto, CFK. Al parecer, para eliminar a un fiscal que ya había presentado la denuncia que tanto temía, CFK coordinó los servicios secretos de cuatro países bajo la órbita de un general, un político sin cargo alguno, el líder de un grupúsculo de izquierda y un ex funcionario iraní con pedido de captura internacional. Logró, además, que esa Armada Brancaleone no fuera vista por nadie ni dejara rastro alguno. Es una hipótesis asombrosa, aún para los estándares generosos del periodismo de guerra (ese que, según Julio Blanck, habría terminado con el fin de la etapa kirchnerista).

Ese mismo día, Hernán Iglesias Illia, Coordinador de Comunicación Estratégica de Jefatura de Gabinete (SIC) explicó que “ya no quedan periodistas oficialistas” y aportó un argumento irrefutable: “ninguno se define como tal”.

Tal vez Julio Blanck y el joven funcionario tengan razón y ya no haya periodistas oficialistas- pese a su desbordante entusiasmo oficialista- y las operaciones a cielo abierto que lanzan en conjunto, y ya sin pudor, la Justicia federal, los servicios y los medios no decanten en un periodismo de guerra.

Tal vez lo que hoy estemos viviendo sea el siguiente paso: el periodismo de ocupación.


Foto: La imagen del comando venezolano-iraní con formación en Cuba Libre y armas norcoreanas ensambladas en Libia por las FARC podría ser apócrifa (cortesía Fundación LED para el Desarrollo de la Fundación LED).

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