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Una caída en cámara lenta

By 7 septiembre, 2018

Columna publicada en El Canciller

El 19 de diciembre del 2001, apenas terminé de escuchar la cadena nacional del entonces presidente De la Rúa, en la que anunció con tono viril el Estado de sitio, llamé por teléfono a mi hermano. Estaba azorado por lo que acababa de escuchar y mientras conversábamos, me contó que en su barrio habían empezado los cacerolazos. Antes de que pudiera contestarle que en el mío todavía no, escuché como arrancaba el ruido coral de cacerolas y puteadas.

En una época en la que todavía no existían las redes sociales, la gente salió espontáneamente a las calles, a quejarse, a gritar o simplemente a tratar de entender. Recuerdo a un policía que, con los codos apoyados sobre el techo de su patrullero, miraba a los manifestantes. Uno le preguntó por el Estado de sitio: el gesto irónico que dio como respuesta fue la mejor imagen de lo que acababa de ocurrir. En unos pocos minutos, De la Rúa se había suicidado políticamente, evaporando la poca legitimidad que le quedaba.

Pese a que la crisis política llevaba más de un año, desde la renuncia del vicepresidente Chacho Álvarez, y la crisis financiera varios meses, el final fue inesperado. Era difícil imaginar una implosión de ese calibre, tan inmediata, que nos hizo vivir en tiempo real cómo un presidente en ejercicio se transformaba en su propia sombra.

Atrás quedaba una campaña presidencial moderna y exitosa, que había transformado las limitaciones del candidato en cualidades (“Dicen que soy aburrido”), una primera línea de jóvenes funcionarios liderados por Antonito De la Rúa (muchachos descontracturados cuya soberbia pletórica de certezas podría rivalizar con la de los jóvenes descontracturados de Cambiemos) y un diagnóstico político tan atractivo como errado: para la Alianza alcanzaba con combatir la corrupción pública para que un modelo agonizante como el de la Convertibilidad nos asegurara desarrollo y equidad.

El resto es conocido, el colapso de la Alianza dejó un país en llamas, un tendal de muertos y una incertidumbre política extrema contenida luego por Eduardo Duhalde.

El caso de Mauricio Macri es distinto. Desde que a principios de mayo anunció el pedido de ayuda financiera al FMI su presidencia entró en una doble crisis, política y financiera. Nadie esperaba esa decisión. Incluso periodistas siempre entusiastas, como Alfredo Leuco o Eduardo Feinmann, la denunciaron. Luego nos explicaron que en realidad el FMI había cambiado y “ya no era el del 2001” pero quedó claro que Macri ya no era “un líder de otra galaxia”, como Eduardo Fidanza lo había bautizado en la epifanía posterior a las elecciones de medio término.

A diferencia de lo ocurrido con De la Rúa, la caída de Macri se hace en cámara lenta. Somos espectadores de un derrumbe cuadro por cuadro. Cada nueva declaración presidencial, cada nueva decisión, contradice a la anterior y pule un poco más el valor más frágil de todo presidente: su legitimidad política.

Este fin de semana, a través de los medios, el gobierno nos ofreció una comedia de enredos en la que las marchas y contramarchas fueron desmentidas apenas anunciadas. Las declaraciones presidenciales grabadas que escuchamos fueron más o menos las mismas que escuchamos el jueves pasado, sólo que duraron un poco más. Para el relato de Macri, la culpa es del mundo, de la sequía, del petróleo que sube, de la batalla comercial entre EEUU y China, de la investigación de los Cuadernos, de la pesada herencia e incluso de los argentinos, quienes persistimos en querer vivir por encima de nuestros recursos. Pasamos así, según su propio diagnóstico, de poder vivir mejor a vivir demasiado bien.

Luego de endeudarnos en dólares para financiar gastos corrientes en pesos, el gobierno propone recortar dichos gastos y transformarlos mágicamente en dólares. Una ilusión sólo comparable a la de la Convertibilidad exitosa de la Alianza.

Al ver como el presidente evapora su legitimidad en cámara lenta, es inevitable recordar como terminó el último gobierno radical, aferrado a sus certezas antes que a la protección de sus representados.

Esperemos que la velocidad esta vez nos juega a favor.

 

Imagen: el equipo económico acerca el nuevo plan para ser aprobado por el presidente

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