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No son inútiles, es el modelo

By 15 septiembre, 2018

Columna publicada en Nuestras Voces

El 19 de julio del 2015, Horacio Rodríguez Larreta, el sucesor de Mauricio Macri para la jefatura de Gobierno de la CABA, ganó el ballottage por apenas 3 puntos sobre Martín Lousteau, el candidato que había hecho una simpática campaña subido a una bicicleta.

Esa noche Macri no habló sobre la estrecha victoria de su delfín sino que decidió cambiar el eje de su campaña presidencial. Pasó de confrontar con las iniciativas kirchneristas a explicar que Aerolíneas Argentinas e YPF seguirían “siendo estatales”, que la “AUH se mantendría” y que “las jubilaciones seguirían en manos de la ANSES”. De querer terminar con la larga noche kirchnerista se comprometió a administrarla mejor. Atrás quedaba la idea del salario como un costo que debemos bajar o del ajuste como un paso necesario hacia el desarrollo.

Ese cambio fue retomado en la campaña junto a María Eugenia Vidal (“No vas a perder nada de lo que ya tenés”) y relanzado por el coro estable de nuestros periodistas serios. El drama del kirchnerismo ya no eran sus iniciativas sino la forma crispada de llevarlas adelante y Cambiemos prometía continuarlas, e incluso mejorarlas, pero sin confrontación. AUH sin cadenas nacionales, por decirlo de alguna manera.

Fue una decisión exitosa que ayudó a que Cambiemos ganara las elecciones presidenciales del 2015 y las de medio término del 2017.

Las dificultades de la gestión de gobierno complicaron seguir por el camino del “kirchnerismo mejor administrado”, por lo que desde el oficialismo y sus satélites mediáticos se lo apuntaló con el paradigma de “la pesada herencia”. Las penurias actuales se explicaban porque el país estaba mucho peor de lo esperado y, además, “se robaron un PBI”. Nadie aclaró cómo el gobierno anterior pudo lograr el crecimiento sideral que permitiera un excedente de esa magnitud ni cómo robando logró mantener un poder adquisitivo mayor al de hoy, pero nadie tampoco pidió explicación alguna. Las letanías no requieren ser comprobadas, alcanza con que sean repetidas.

La primera gran crisis del relato oficial la generó la reforma previsional, cuyo voto en el Congreso impulsó violentas manifestaciones que denunciaron la pérdida de poder adquisitivo de las jubilaciones que resultaba del nuevo cálculo de indexación. Pero el golpe más letal llegó con el anuncio de la vuelta al FMI. De prometer que se podrían adquirir dólares en “los súper, kioscos y hasta en las remiserías”, Macri pasó a admitir que la ayuda financiera del Fondo era “el único camino posible para evitar una gran crisis”. Habían pasado cosas.

A partir de ese momento, en el que el presidente tercerizó la política económica en el FMI, su imagen no ha hecho más que caer junto al optimismo de los ciudadanos. Desde hace meses, los anuncios oficiales mezclan un lenguaje de mesa de dinero con invocaciones de autoayuda que ya no consiguen la magia de antaño sino que erosionan la disminuida legitimidad del gobierno. Frente a la caída del “líder venido de otra galaxia”, como Eduardo Fidanza describió a Macri hace apenas un año, la perplejidad de nuestros periodistas serios va en aumento. Pero así como la crítica mediática al kirchnerismo se centró en el moralismo selectivo y la encuesta judicial; la crítica al macrismo crepuscular denuncia la impericia del hasta hace poco mejor equipo de los últimos 50 años e incluso lamenta las limitaciones del propio presidente.

Ambas críticas obvian el análisis político.

El moralismo selectivo o la indignación personal permiten que quienes aplaudieron con pasión todas las iniciativas del gobierno hoy denuncien sus consecuencias con ahínco. La culpa es de Fede, Nico, Toto o Marquitos. Según esta mirada, así como la crisis de la Convertibilidad se debió a los excesos de Menem y la inutilidad de De la Rúa y no a una política errada, el fracaso de este nuevo intento neoliberal se debería a las limitaciones de quienes la implementan y no a un diagnóstico falso y a políticas nefastas.

Frente a un nuevo intento de eludir el análisis de esas políticas que han generado pobreza y exclusión cada vez que las hemos implementado, es bueno parafrasear a James Carville, asesor de Bill Clinton: “¡Es el modelo, estúpido!”.

Imagen: Entre otras muchas ventajas, el alto desempleo genera sopa gratuita (gentileza Fundación LED para el Desarrollo de la Fundación LED).