Un plan de negocios

Columna publicada en Nueva Ciudad (Un plan de Negocios)

En 1938 se creó la Sociedad Nacional de Ferrocarriles Franceses (SNCF), que concentró las líneas de ferrocarril privadas existentes en una sociedad controlada por el Estado. Más allá de los cambios ocurridos en los casi 80 años que transcurrieron desde entonces, el principio básico no cambió: se trata de un servicio público cuya rentabilidad no se mide en función de sus resultados contables sino en base al interés global que le aporta al país. Es un dato elemental que suele escapársele a nuestros liberales declamativos, aunque no necesariamente a nuestros empresarios. Los accionistas de Techint, por ejemplo, no dudarían en mantener una subsidiaria “no rentable” si sus servicios aportaran beneficios al holding en su conjunto.

En marzo de 1981, José Alfredo Martínez de Hoz dio su último discurso como ministro de Economía de la Dictadura. Con la modestia que caracteriza a los gobiernos serios, enumeró los aciertos de su gestión: “Hemos clausurado o levantado 10.000 kilómetros de vías de las 42.500 que existían”, precisó, además de despedir 60.000 trabajadores de la empresa, de los 156.000 que había al comienzo de su gestión. En su discurso, puntualizó que la transformación de las empresas de servicios públicos estatales implicaba que “el precio de sus servicios o productos no esté afectado por conceptos políticos, sino que estuviera en el nivel dado por el mercado”. A diferencia de los excelentes trenes franceses, subsidiados con obstinación por el Estado, el ministro consideraba que los trenes argentinos debían autofinanciarse o desaparecer.

Hace unos días, la periodista Any Ventura entrevistó a Luis Puenzo, en relación a la crisis generada en el INCAA por los cambios decididos por el ministro Pablo Avelluto. Con candor, la periodista le preguntó cómo podía ser que el gobierno cometiera “esa estupidez”, teniendo en cuenta la importancia que tiene el cine en la Argentina. El cineasta contestó que no se trataba de estupideces sino de “un plan de negocios”. Esa respuesta clara podría aplicarse a los 15 meses de gestión de Cambiemos.

El cine de Francia, como sus ferrocarriles, su ópera, sus escuelas, sus universidades, sus museos o incluso su producción agropecuaria, “está afectado por conceptos políticos”, para retomar la expresión de Martínez de Hoz, es decir que el mercado no define sus prioridades ni su “precio”. Con chavismo desenfrenado, el Estado francés subsidia su producción cinematográfica e incluso obliga a las señales audiovisuales a contar con una cuota mínima de producción francesa. Las regulaciones estatales europeas escandalizarían a nuestros economistas serios, los mismos que suelen poner a esos países como ejemplo.

Entre esos economistas serios, debemos destacar a Nicolás Dujovne, ministro de Hacienda, quien anunció que “las paritarias en el Estado no le pueden ganar más a la inflación”, una señal contundente hacia el resto de las negociaciones salariales. Por su parte, el presidente del Banco Central, el ineludible Federico Sturzenegger, explicó que el gobierno “le devolvió” a los más ricos, vía eliminación de impuestos, el equivalente a 2 puntos de PBI, unos 10.000 millones de US$ anuales aproximadamente.

Ningún periodista serio calculó cuantos jardines de infantes podríamos construir con esa enorme cantidad de dinero que ya no ingresará en las arcas públicas. Ningún analista serio, de esos que se indignan por el déficit fiscal, denunció una decisión que lo incrementará, ni explicó por qué los empleados públicos deberían ganar menos.

Ocurre que pensar que los trenes no deben ser un servicio público sino una actividad rentable, que el cine sea definido únicamente por criterios de mercado o que, para “volver al mundo”, el Estado debe mejorar la rentabilidad de los más ricos y reducir el poder adquisitivo de sus empleados, no es ni un error ni una estupidez. Es un plan, y está aplicándose.

 

Foto: Colonos discuten el plan de negocios para el Congo francés (cortesía Fundación LED para el Desarrollo de la Fundación LED).