Notas

Huxley, la princesa Adelaida y el juez Bonadío

By 8 marzo, 2016 5 Comments

Columna publicada en Nueva Ciudad.


“Tenemos mucha prisa por construir un telégrafo desde Maine a Texas; pero puede que dichas ciudades no tuvieran nada importante que comunicar (…) Estamos ansiosos por excavar un túnel a través del Atlántico y acercar el viejo mundo al nuevo en pocas semanas; pero luego, la primera noticia que oirá la gran oreja estadounidense será que la princesa Adelaida tiene tos ferina.”

Henry David Thoreau / Walden / 1854

Al ser lanzada la tarjeta SUBE, que requiere del número de DNI de cada usuario, algunos medios alertaron sobre el peligro de rastreo de ciudadanos por parte del Estado que ese sistema podría implicar y varias ONG, preocupadas, propusieron el intercambio de tarjetas entre usuarios para impedirlo. Así, quienes no dudan en entregar información íntima a una empresa como Facebook sobre la que no tienen poder alguno, que aceptan que la comercialice, la almacene por la eternidad o la relacione con otra información (es decir, haga inteligencia) se escandalizan porque el Estado pueda disponer de una fracción mínima de esa información, aunque no pueda hacer nada de lo que sí se le autoriza a Facebook. Por no mencionar a otros grandes utilizadores de información ciudadana como Twitter, American Express o Gmail que nos cuenta como relaciona “inteligentemente” lo que escribimos en un correo que suponíamos privado, según el interés de sus anunciantes.

En “Divertirse hasta morir”, el sociólogo norteamericano Neil Postman señala que vivimos atormentados a la espera de la realización de la utopía que Orwell describió en “1984” sin percibir que la que en realidad se concretó fue la de “Un mundo feliz” de Huxley: “en la profecía de Huxley, no se necesita ningún Gran Hermano para privar a la gente de su autonomía, madurez e historia. Según lo veía Huxley, la gente llegaría a amar su opresión, a adorar las tecnologías que anulasen su capacidad de pensar (…) Orwell temía a quienes nos habrían de privar de información. Huxley temía a aquellos que nos daría tanta información que nos veríamos reducidos a la pasividad y el egoísmo. Orwell temía que la verdad nos sería ocultada. Huxley temía que la verdad sería ahogada en un mar de irrelevancia. Orwell temía que nos transformásemos en una cultura cautiva. Huxley temía que nos convirtiéramos en una cultura ocupada en trivialidades.”

Ese diagnóstico equivocado nos lleva a temer al poder que controlamos, al menos en parte, como un gobierno electo y a despreocuparnos del poder amplio y sin control de las corporaciones.

Hace unos días, dentro del mar de irrelevancia que previó Thoreau, denunció Huxley y nosotros descubrimos cada mañana, leímos que el juez Bonadío procesó a Guillermo Moreno, ex Secretario de Comercio de CFK, por “incitación a la violencia colectiva” contra el Grupo Clarín. En su peculiar escrito el juez afirma que Moreno “mediante su accionar, ha creado una situación objetiva tendiente a generar odio y persecución, induciendo a actuar contra dicho grupo empresarial ya que otros funcionarios- al igual que agrupaciones políticas afines, y ciudadanos en general- han exhibido elementos con las mismas frases en diversos sitios públicos”. En la resolución se detalla la frase que usó Moreno, “Clarín Miente”, y los elementos que habría utilizado para difundirla, como alfajores, medias, gorros, llaveros y remeras.

El miedo a un Gran Hermano estatal imaginario genera esa extraña paradoja: opinar que el presidente es psicótico, nazi, bipolar, ladrón, mentiroso o asesino no produce inquietud alguna, aún cuando esa opinión sea repetida por un holding durante años a través de medios un poco más sofisticados que alfajores, medias, gorros, llaveros y remeras. Afirmar, en cambio, que ese holding miente atormenta a un juez y podría condenar a un ex ministro.

Foto: el dispositivo para controlar el cerebro de los ciudadanos fabricado por el INVAP con la plata de los jubilados (cortesía Fundación LED para el Desarrollo de la Fundación LED).

Dejar un comentario 5 Comments

  • Muy bueno, y muy inquietante. Hace un par de día que diferentes cosas que pasan en Argentina me hacen acordarme de La Guerra de los mercaderes, de F. Pohl. La novela (una secuela de comienzos de los '80 de otra novela de los '50) plantea un mundo dominado por las agencias de publicidad. Dichas megaempresas tienen una división menor llamada "Intangibles", que se ocupa entre otras cosas de esponsorear pequeños funcionarios, como el Presidente, por ejemplo.

  • tatincito dice:

    Turing Pharmaceuticals, una compañía con sede en Nueva York, que adquirió en agosto los derechos para Estados Unidos de las pastillas comercializadas como Daraprim, que se usan para tratar la toxoplasmosis decidió una
    repentina suba de un 5.000% en el precio de un medicamento también utilizado por enfermos de VIH/SIDA.

    http://www.bbc.com/mundo/noticias/2015/09/150922_salud_subida_precio_droga_daraprim_ig

    Decisión privada…de ética, de moral, de piedad, de solidaridad, de humanismo, de humanos y legítimos deseos de ganar dinero, en fin…privada de cualquier cosa buena que pueda tener un ser humano, por mínima que sea.

    ¿Es privada una decisión empresaria que tiene que pagar el público?

  • jfc dice:

    Algo que ver, aunque el wily pareciera que oposita con kicllof, espero que sean infundios, pero como escuché hace unos días, ¿quien se acuerda de un secretario de comercio? copio a uno del que me acuerdo, y quizás del pistolero pasados 200 años, no nos acordemos
    El Consulado de Comercio
    Manuel Belgrano fue nombrado Secretario "Perpetuo" del Consulado de Comercio de Buenos Aires el 2 de junio de 1794 y unos meses después regresó a Buenos Aires. Ejerció ese cargo hasta poco antes de la Revolución de Mayo, en 1810. En dicho cargo se ocupaba de la administración de justicia en pleitos mercantiles y de fomentar la agricultura, la industria y el comercio. Al no tener libertad para realizar grandes modificaciones en otras áreas de la economía, concentró gran parte de sus esfuerzos en impulsar la educación. En Europa su maestro Campomanes le había enseñado que la auténtica riqueza de los pueblos se hallaba en su inteligencia y que el verdadero fomento de la industria se encontraba en la educación.
    Durante su gestión estuvo casi en permanente conflicto con los vocales del Consulado, todos ellos grandes comerciantes con intereses en el comercio monopólico con Cádiz. Año tras año presentó informes con propuestas influenciadas por el librecambismo que, en general, fueron rechazadas por los vocales. Belgrano sostenía por entonces que "El comerciante debe tener libertad para comprar donde más le acomode, y es natural que lo haga donde se le proporcione el género más barato para poder reportar más utilidad".
    De todos modos obtuvo algunos logros importantes, como la fundación de la Escuela de Náutica y la Academia de Geometría y Dibujo. Belgrano, a través del Consulado, también abogó por la creación de la Escuela de Comercio y la de Arquitectura y Perspectiva. Su motivación para fundar la escuela de comercio radicaba en que consideraba que la formación era necesaria para que los comerciantes obraran en función del crecimiento de la patria. Con las escuelas de Dibujo y Náutica se pretendía fomentar en los jóvenes el ejercicio de una profesión honrosa y lucrativa. Estas últimas funcionaban en un mismo local, contiguo al consulado, de forma que Belgrano pudiese observar e inspeccionar su desenvolvimiento. Estas escuelas operaron durante tres años y fueron cerradas en 1803 por orden de la corona española —en particular del ministro Manuel Godoy— que las consideraba un lujo innecesario para una colonia. Belgrano opinaba que el impulso educativo "no podía menos que disgustar a los que fundaban su interés en la ignorancia y el abatimiento de sus naturales".

    Su iniciativa ayudó a la publicación del primer periódico de Buenos Aires, el Telégrafo Mercantil, dirigido por Francisco Cabello y Mesa, y en el que colaboraban Belgrano y Manuel José de Lavardén. Dejó de aparecer en octubre de 1802, tras tirar unos doscientos números, después de varios problemas con las autoridades virreinales, que veían con malos ojos las tímidas críticas allí deslizadas y el estilo desenfadado de las sátiras y críticas de costumbres.

  • donchango dice:

    A mi me da más miedo Orwell que cualquier Gran Hermano.

  • Es interesante el planteo, y coincido. Me dieron ganas de leer entero el libro de Neil Postman! Creo que hay que tener en cuenta que los ciudadanos creemos -con buenos argumentos para sostener esa creencia- que tenemos más influencia en las decisiones de los gobiernos electos (aunque sea una influencia pequeña) que en las decisiones que toman las corporaciones.